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Suena una vuvuzela

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Suena una vuvuzela. Estamos en el tercer día de The Nose, y suena una vuvuzela. No es  la primera vez que las escuchamos. Suenan, cada tanto. Nos miramos, nos encojemos de  hombros, seguimos escalando. Mientras doy seguro, pienso en todo lo que pasó en los días  anteriores y llego a la conclusión que lo más difícil de hacer The Nose, será ‘hacer The Nose’…

  No es una vía técnicamente difícil dentro del mundo del big-wall, pero es un trabajo de  tiempo completo, muchos metros, muchos largos, muchos días, y en cuanto uno se empieza a  desenfocar, se termina bajando. Esto, entre muchas otras cosas, lo aprendimos en el intento  anterior, aunque el aprendizaje empezó hace casi un año.  Veníamos jugando con la posibilidad ir a Yosemite desde hacía mucho tiempo, al principio en  broma, y de a poco la idea fue instalándose, hasta que con Agustín Inchausti, nos vimos con  pasaje en mano. Teníamos muy poca experiencia en escalada artificial, y nada en Big Wall, con  lo que decidimos enfocarnos en la vía, centrándonos en el topo y en todas aquellas maniobras  y técnicas necesarias. Empezamos a entrenar en la palestra del CENARD, que demostró ser un  excelente ‘arenero’ para todas las maniobras. Fue un período de entrenamiento muy lindo,  desde el comienzo tuvimos mucho apoyo de toda la gente que iba a la ‘pale’: la ayuda, el  equipo prestado, las palabras y sonrisas hicieron que este viaje se vaya transformando en un  proyecto colectivo. A los nueve meses estábamos en una fisura de la ´pale´, colgando en las  hamacas, adentro de las bolsas de dormir, tomando un té… solo quedaba irse. Una semana  después volábamos a San Francisco.


De entrada el lugar sorprendió por lo accesible. Parecía increíble llegar en auto, caminar  doscientos metros y sin pisar un pedrero llegar al pie de vía de una pared de mil metros. El fácil  acceso no hacía que la pared dejara de ser imponente, hipnótica. Warren Harding abrió la ruta  en el año 58, usando clavos y cuerdas de cáñamo con una técnica de asedio. Tardó 45 días, y  fue revolucionario ya que se trataba de la primera ruta a El Capitán. Los 31 largos de la ruta  normalmente se escalan en cinco días; un poco menos que los 7 de la segunda ascensión en el  60, donde Royal Robins y Tom Frost demostraron que se podía en un estilo liviano y sin asedio;  y un ‘poco’ más que el increíble record de velocidad hecho por Sean Leary y Dean Potter: 2h  Dado que venía una tormenta en dos días, decidimos hacer el primer día de la ruta y bajar,  para tantear un poco como estábamos. Fue un momento muy importante para nosotros.  Todas las maniobras que habíamos practicado parecían funcionar, todo empezaba a cobrar  sentido. Ese día bajamos felices.

Pasada la tormenta nos metimos en la pared. Este primer intento fue la clase de cosa que  te pone en situación y te cuenta las costillas. La gran brecha que existía entre la ‘pale’ y la  pared quedó crudamente expuesta. Al comienzo del cuarto día la situación no era buena:  llevábamos un día de atraso, quedaban tres de escalada y solo dos de comida, nos sentíamos  medio débiles y estábamos un poco mojados (había llovido toda la tarde/noche anterior).  Bajamos. Como siempre, no había una única razón por la cual uno se bajaba, sino una suma de  pequeños desencuentros: mala elección de la comida (liofilizados que no nos habían ‘sentado’  muy bien), mucho peso, mucho equipo, atrasos en maniobras y pifies de ruta, dificultad para  mezclar la escalada en libre y artificial… Aquí la escalada termina al tocar el piso, 200 metros  por un sendero, un colectivo, y en media hora se está en la carpa; todo esto hace que la  sensación de ‘no me debería haber bajado’ sea aún más fuerte que de costumbre, sumado a la  tristeza de perdernos esos largos magníficos que veníamos imaginando hacía una año.

Apenas llegamos a la carpa comenzamos a enumerar las lecciones aprendidas: dejamos ropa y  equipo de lado (cambiamos el sistema de izado, dejamos camalots, y todo lo que uno lleva ‘por  si acaso’), cambiamos el liofilizado por pasta y mucho queso rallado, las nueces y demás por  sándwiches de queso, palta y tomate; que dado el clima cálido, era una opción mucho más  razonable. Todo lo que quedó afuera sumaba 8kg. Teníamos un día más para preparar todo, y  luego había que si o si hacer la vía en 5 días, no había lugar a atrasos ya que Agustín tenía su  pasaje al día siguiente de bajar, 10am.  El segundo intento comenzó mucho más sólido. Propusimos un objetivo claro para cada día  y el compromiso de cumplirlo como sea. Ir más liviano y conocer los dos primeros días de la  vía se notó; aunque aun así costó mucho escalar en libre (sobre todo tramos donde había  fisuras muy netas, con muchos metros de la misma medida de camalot); el dicho ‘una vez que  te subís a los estribos, no te bajás mas’ se seguía cumpliendo… El primer día alcanzamos a  Dan, americano que iba en solitario, quien nos deja pasar a cambio que le fijemos la cuerda  para el largo siguiente; ahí nos enteramos del término ‘hacer dedo’ en una vía… dicen que  en temporada alta, es tanta la gente en la ruta, que uno puede hacer The Nose a ‘dedo’ sin  escalar un solo largo… El segundo día (que es el clave, ya que es un día largo y todo el mundo  termina bajándose ahí), lo completamos a última hora, pasando las fisuras perfectas de los  Stove Legs Cracks por la tarde, y llegando a última hora con las linternas prendidas al Cap  Tower, nuestro objetivo del día. Los cambios que hicimos parecían funcionar.

Suena una vuvuzela. Estamos en el tercer día de The Nose, y suena una vuvuzela que me  trae de vuelta de todos estos recuerdos de los días anteriores. Comenzamos el Texas Flake,  una chimenea de unos 15/20 metros y un solo parabolt en la mitad, que pone nervioso a  cualquiera que no tenga la técnica bien aceitada. La chimenea se va ensanchando de a poco,  y pasado los tres cuartos ya no hay retorno ni ‘red’. Después de la ‘motoneta’ de nuestra  vida hacemos el largo en cuotas (mitad cada uno) y estamos arriba, dejando atrás el ‘crux  psicológico’ de la vía.

Agustín comienza una escalera de chapas y luego por una fisura muy chica que se va  agrandando. Veo cuatro largos abajo una cordada que aparece a toda velocidad. En lo que  Agus termina el largo, la cordada nos alcanza. Son tres, nos dicen que están intentando romper  el record de velocidad de una ruta de A3 que coincide con The Nose hasta este largo. Uno es  muy fuerte en libre, el otro en artificial, y el tercero es una máquina de jumarear con un gran  petate en la espalda. La sincronía entre los tres es perfecta, se mueven muy rápido, acaban de  hacer en cinco horas lo que nosotros en dos días…  Suena una vuvuzela. Nos miramos. Miramos a la cordada de tres. Les preguntamos qué son  las vuvuzelas que se escuchan cada tanto… Tom Evans, veterano escalador del valle, se dedica  a fotografiar escaladores en El Capitán desde la base con un lente de 800mm, publicando día  a día su blog ElCapReport.com con los avances, retiradas, rumores y chimentos de todas las  cordadas. Cada vez que una cordada hace cumbre por alguna ruta, Tom celebra el ascenso con  una vuvuzela mecánica que tiene en su auto: Vuuuuu, Vu vu vu, vuuuuuu.

Llegamos al King Swing, el gran péndulo, Agus me descuelga unos treinta metros desde la cima  del Boot Flake y empiezo el péndulo para poder cambiar de sistema de fisuras. Me lleva varios  intentos darme cuenta que para que esto funcione no basta con ir dando saltos por la pared,  sino que hay que literalmente ‘correr’. Finalmente llego, y comienzo a subir una fisura a la  izquierda, limpiando los seguros para que al llegar al relevo, solo quede una cuerda horizontal  entre nosotros. Agus descuelga el petate, rapela en diagonal, seguimos.  Con las últimas luces arribamos al Camp 4, nuestro vivac para esta noche. Comenzamos  el ritual: abrir el petate, sacar las bolsas, cocinar, y aprovechando que la ruta tiene señal  de celular en casi todo el recorrido enviamos mensajes a la familia, los amigos y vemos el  pronóstico. Justo sobre Camp 4, está el Gran Techo. Me acuesto y lo veo directamente arriba.  Lo miro. Me mira. Despierto a la mitad de la noche y está ahí, oscuro, esperando… Llega la  mañana. El techo sigue ahí; yo también, aterrado. Hace un año que quiero hacer este largo…,  Agus se da cuenta como viene la mano, arenga un poco y arranco. Por una de esas cosas  extrañas de la acústica, a pesar de que el largo tiene unos 45mts, podemos ir conversando  sin levantar la voz. El largo no es difícil, sale todo bastante directo, el problema está en saber  hasta cuanto carretear el .3 y .4 en la fisura que va hasta el techo. Agus para distraer un poco  dice “¿Te conté cómo es mi receta de panqueques?” (son su especialidad). “Una taza de  harina”, yo voy repitiendo, “Una de harina”, “Una de leche con azúcar y sal”… “Azúcar y Sal”,  ¿dejo el .3 o me lo llevo?, miro para abajo, el otro seguro está lejos, “Batir”, me lo llevo un  poco mas…, “Usar manteca, no margarina”, y ya estoy justo abajo del techo, ahí cambia todo  a micro-friends. Es increíble que Lynn Hill haya liberado este largo en el ‘93, en esa ocasión, no  solo liberó por primera vez toda la vía graduándola en 8b+, sino que lo hizo en el día (la ruta  ya había sido hecha en el día por Jim Bridwell, John Long y Billy Westbay en el ‘75, pero en una  combinación de libre y artificial). “No dejar de batir”. Encuentro varios ‘naufragios’ trabados,  con lo que para mucho de los pasos uso los seguros que están puestos. La salida son dos  pasitos en libre, que después de tanto artifo y con el patio, parecen más duros de lo que son.

Autoasegurado. “Dulce de leche a voluntad”. Irónicamente el largo que sigue es el “Pancake  Flake”, una escama muy finita e irregular, que arranca Agustín (es su especialidad después de  todo), y donde finalmente saca a relucir los micro-stoppers que teníamos guardados desde  hace tres días.
Pasamos por Camp 5, y sigue Agus con los micros hasta el “Glowering Spot”, una repisa de un  metro cuadrado donde la pared comienza a extraplomar. Miramos para abajo, se ve toda la  vía, como si fuera un gran tobogán. Suena una vuvuzela, alguien debe estar haciendo cumbre.  El día va terminando, falta un largo para Camp 6, donde dormiremos. Llega la última noche  en la pared. Hoy realmente se siente la distancia al piso, existe esa sensación de estar en un  mundo aparte. Al acostarnos veo arriba el extraplomo que nos rodea, es como un gran marco.  Sale la luna.  Arrancamos el quinto día con el Changing Corners, el largo más duro de artificial de la vía y  el otro gran ‘crux’ que tuvo que sortear mágicamente Lynn Hill al liberarla. Agus se lo toma  con calma, progresa con micro stoppers, muy delicados, prestando mucha atención al borde  del diedro que es muy filoso y que otras cordadas han cubierto con silvertape para proteger  la cuerda. Jumareo y veo como el petate sube totalmente separado de la pared. Finalmente  estamos en la base del extraplomo final. Comienzo a progresar por el A0 de la ruta original,  que va de chapa en chapa cortando la pared lisa directo hacia arriba (la variante en libre,  graduada en 7b tiene la forma de una S bastante expuesta, cortando en varios puntos la vía  original). Si las chapas fueran las puestas por Harding en el ’58 la historia seria otra, pero con  estos parabolts relucientes se progresa con tranquilidad, absorbido por el tremendo escenario  que hay debajo. Subo despacio, saboreo cada momento; esto se termina.

Estoy en último relevo de la vía, al final del extraplomo. Veinte metros arriba la cumbre que  venimos imaginando desde hace un año, la que imaginamos al comenzar la pared. Hemos  imaginado que llegamos, tocamos el Cap Tree, reímos, hay un gran abrazo con un gran amigo;  imaginamos que hay más gente arriba de otras cordadas. Imaginamos que bajamos de noche  por el bosque, caminando muy rápido porque Agustín tiene que tomar a la mañana siguiente  el colectivo que lo devolverá a casa. Todo eso lo imaginamos, y sucederá así. Por otro lado,  está este relevo, al final de extraplomo. Acá está la otra ‘cumbre’, la ‘cumbre inimaginable’,  la que te sorprende, te atrapa, te muerde y no te suelta jamás. Esa ‘cumbre’ es acá, veinte  metros debajo de la otra, colgando en el relevo al final del extraplomo, con el petate que  pendula en un vacio inmenso, con los amigos y los recuerdos de todo un año que vienen a  la cabeza en un instante, con el viento que vuela un poco los estribos y el sol que se está  poniendo; con Agus que va llegando al relevo con la sonrisa contenida del que sabe que ya  está, que ya salió, que no se puede creer, pero que no va a sonreír todavía porque quedan  esos veinte metros… veinte metros que comienza a escalar ahora, y que me gustaría que  fueran cincuenta, cien o mil… porque da un poco de pena que una aventura así se termine,  y también porque tal vez sea cierto eso que dicen que en el fondo somos como chicos… y los  chicos siempre quieren jugar un poco más cuando suena el timbre final… 

Suena una vuvuzela. Suena nuestra vuvuzela.

 

Revista Kooch - Nro. 27 - Abril 2012 VER



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